Página de José Manuel García Marín

Página de José Manuel García Marín

LA MAR DE TEXTOS

La intención, al abrir este nuevo blog, es guardar en él relatos completos, míos o ajenos, para quienes quieran leerlos en su totalidad. Desde el blog principal pondré un vínculo a éste en aquellos artículos que, por su extensión, sea aconsejable.

viernes, 28 de marzo de 2014


                   LA MAGIA DE LAS LETRAS O BREVE HOMENAJE A LA LUCECITA DE MI PADRE




       Hoy, que se banaliza la literatura hasta extremos en que, con alguna excepción, lo más abyecto de la sociedad ha tomado los primeros puestos en los listados de ventas, se necesita que reivindiquemos la lectura de calidad en cualquier ocasión que se nos presente y arrinconemos lo anodino, lo intrascendente que, no nos llevemos a engaño, ni siquiera sirve para distraernos con verdadera eficacia y que resulta en esa «basura» que en los ordenadores se limpia, pero que no estoy tan seguro de poder vaciar de las sentinas del cerebro.
       Quizá yo sea de la generación del «Érase una vez... »; pero, tras esas palabras, se engalanaba al instante un universo que me seducía de inmediato, porque fascinaba mi propia fantasía. Es decir, la estimulaba implicándola. ¿Se puede pedir mayor interacción? Entonces, las letras, que parecían escapar de las páginas en un extraordinario vuelo de luciérnagas, se elevaban para componer escenarios dentro del territorio de la imaginación, en donde los colores brillaban con la fuerza de un sol que arrancaba destellos a las espadas; las telas, exquisitas, llegaban del oriente más lejano y la suavidad de sus sedas debía corresponderse con la delicada belleza de la princesa a la que iban destinadas; los aromas de los perfumes, perfectamente desconocidos para mí, regalaban, sin embargo, mi olfato; oía los vítores del pueblo al héroe que los había salvado del cruel enemigo, y el sabor de las viandas especiadas -refinados manjares que salían de las cocinas del inexpugnable castillo-, deleitaban mi paladar, porque yo ya no estaba sentado en mi casa, sino oliendo las exóticas esencias, discutiendo precios con los mercaderes de tejidos o entre las largas mesas de madera del salón de la fortaleza. Y eso, eso es magia. Además, aprendía, sin darme cuenta, lo que era la justicia, la crueldad, el heroísmo, la delicadeza o el refinamiento y muchas otras cosas que quedan implícitas, como en segunda o tercera línea, en una buena narración.
       Pero no puedo omitir la contribución de mi padre a mi pasión por las historias, cuando pretendía trasladarme al mundo de los sueños, contándome un cuento con todo lujo de detalles. Nunca logró adormecerme porque, sin querer, él mismo me deslizaba al país de los ensueños. Recuerdo varias versiones -porque él no leía, inventaba-, del relato sobre unos niños que se perdían de noche en un bosque, con hambre, descalzos, ateridos de frío y muertos de miedo, que terminaban por descubrir, siempre a lo lejos, una lucecita que alumbraba la puerta de una casa y que, no en todos los casos, era su salvación. A veces vivían honestos labriegos, pero a menudo era una bruja infame, con su enorme grano en la punta de la nariz aguileña, que eso ya se sabe que es obligatorio, y uno de los niños, reuniendo valor y astucia, vencía con artimañas a la vieja arpía y acababa en final feliz.
       Esa lucecita que, por fortuna, determinados grupos como el Salón de Letras Castalia o los clubs de lectura, luchan por mantener encendida, debemos, como decía al principio, reivindicarla, incluso exigirla, para que ilumine, aunque sea débilmente, el oscuro bosque de los momentos grises, yermos, de la vida; porque esa humilde lucecita era, hace tiempo que lo comprendí, la esperanza del alma y el alma de la esperanza.


Granada, 27 de marzo de 2014

jueves, 3 de octubre de 2013

LA ALHAMBRA DE SALOMÓN


Al fin, coincidiendo con la celebración del milenio del reino de Granada, se publica «La Alhambra de Salomón», de José Luis Serrano, editado en Roca Editorial. Era imprescindible la aparición de esta novela, que yo calificaría de multicéfala, como ya lo fuera «Zawi», su anterior novela histórica, principalmente por cuanto, si bien la época nazarí es conocida, aunque no lo suficiente, la dinastía zirí es ignorada casi por completo y sin embargo, como refleja el autor en su relato, es el momento de la historia en el que Granada tiene su origen, primero como ciudad judía (Gharnata al-Yahud) y después en tanto capital del reino musulmán, no habiéndose hallado en ella pruebas arqueológicas de un posible pasado romano ni visigodo.
El general desconocimiento de dicho período puede llevarnos a la errónea conclusión de que nos estuviéramos remitiendo a un pasaje árido de la historia, por lo que pudiéramos presumir de carencias en sus inicios; pues bien, como describe José Luis Serrano, nada más lejos de la verdad, porque a la par que la población empieza a gozar de canalizaciones, aljibes, plazas, mercados, etc., y desborda en poco tiempo su muralla, es decir, se configura como ciudad, aparecen personajes de una relevancia portentosa, tales como el poeta malagueño Salomón ben Gabirol, que es a quien se refiere el título y no al sabio bíblico, o Samuel Nagrela, que tienen una enorme influencia cultural ¾el primero¾ y política ¾el segundo¾, hasta el punto de iniciarse una saga, la de los Nagrela.
La historia no tiene compartimentos estancos porque resulta del entramado continuo y aleatorio de las acciones de los hombres, y eso atenta, en el instante más inesperado, contra la manipulación que se quiera hacer de ella. Así, cuando se ha pretendido elevar la convivencia pacífica de las religiones en al-Ándalus a extremos absurdamente idílicos, omitiendo cómo se masacraban entre sí los reyes cristianos, para poder luego minimizarla desde esa cómoda posición o simplemente negar su existencia, esta novela recupera del olvido cómo un judío, un nagid (la máxima autoridad religiosa, judicial y política entre los judíos), Samuel Nagrela, fue el gran visir plenipotenciario del rey Habús y, después, de su sucesor, Badis, quienes dejaron de lado las diferencias religiosas para depositar toda su confianza, su trono, su dinero y su vida, en manos del judío y jamás fueron defraudados.
Para relatar el nacimiento de un reino que sobrevivió durante siglos, la voz del narrador omnisciente debe darse en clave épica, que es la elegida por el autor; no obstante, esa voz, que pudiera constreñir registros más íntimos, es contenida, rodeada, acaso burlada, por la habilidad de los diálogos y las derivaciones que proceden de estos. Y es aquí donde los personajes, meticulosamente perfilados, cobran vida, dando lugar a las pasiones, a las decepciones, al miedo, la ilusión o al desencanto; a las emociones, en fin, que caracterizan la condición humana. Con ellos se abre el escenario en el que el lector podrá observar las calles por las que el pueblo transitaba, su indumentaria, la medicina de la época, la gastronomía, las armas, los baños, los aromas, la poesía y el desarrollo de un reino cada vez más avanzado y poderoso en lo militar, lo político y lo cultural.
Los protagonistas, Ilbia ¾la arquitecta¾, Ibn Gabirol, el rey Badis y Samuel Nagrela, configuran el hecho y el marco de la crónica, pero no se detienen ahí, porque José Luis Serrano cierra el círculo de la historia del único modo que entendemos en el Mediterráneo, sumergiéndonos en el al-Ándalus mítico, ¿o acaso somos capaces de pensar en la historia de Grecia o de Roma sin que nos asalten sus respectivas mitologías?
El soberano y el nagid tienen, si no el mismo propósito, muy análogo en cuanto a su objetivo final; el uno quiere reforzar y engrandecer un reino heredado y el otro lo desearía salomónico, pero ambos se refieren al mismo reino, a la misma tierra. Son ambiciones o anhelos distintos, pero complementarios y concéntricos. Probablemente el secreto del triunfo.
La monarquía judía no pudo darse, pero Nagrela obedeció el mandato de la Providencia y ordenó construir una sinagoga y un palacio con una fuente, la de los leones, en la colina de la Assabica. Ilbia, alarife heredera e iniciada en los conocimientos ocultos o esotéricos de la reina Kahina, viuda de Zawi Ziri, es la encargada de su construcción. Es ella la que nos introduce, entonces, en el descubrimiento de la naturaleza matemática del cosmos, que al ser humano le parece mágica, cuando es, precisamente, la más auténtica realidad.
De esta primera Alhambra del siglo XI da noticias Abd-Allah, el último rey zirí, en sus memorias y también Torres Balbás en su «Estudio sobre la Alhambra», pero es que no es conveniente olvidar que Alhambra deriva de al-Hamrá (la roja, por el color de la tierra de la colina), por lo que cualquier palacio o fortaleza precedente a la actual, sería llamada del mismo modo. No obstante, aun en el caso de que fuera tema de discusión, debemos tener presente que, hubiera sido construida o no, siempre estuvo allí, porque hay cosas, ¾entes, me atrevería a decir¾, que están concebidos para un lugar, y emplazamientos creados con la única finalidad de acogerlos. Podemos deducir, pues, que llegado el turno de los monarcas nazaríes, ya en el siglo XIV, Yúsuf I y Muhammad V, al levantar las salas de la Alhambra que hoy vemos, sólo tuvieron que dar aparejo a la estructura etérea y sagrada que ya existía, entretejiendo lo real con lo ilusorio, como si con sutiles hilos azules y rojos bordáramos la bruma. Por eso, al pasearla, nuestra razón y la pulsión del ánima se enfrentan y la recorremos en trance, en una suerte de éxtasis del desconcierto.
«La Alhambra de Salomón», que hoy presentamos, es un esfuerzo histórico, descriptivo y literario; pero, además, como el agua de sus fuentes, refresca la memoria colectiva, recordándonos parte de nuestro pasado esplendoroso, porque, a mi entender, la clave de la novela es revelada en el primer párrafo de la primera página:
«Los recuerdos grandes se quedan a vivir en los cuartos del corazón, durante la vida asoman cuando quieren, vuelven a la hora de la propia muerte y se transmiten por la sangre».

martes, 9 de octubre de 2012

El amante de la reina


Por José Manuel García Marín

Si quisiéramos hacer una síntesis del argumento de “El amante de la reina” (Roca Editorial), de Sixto Sánchez Lorenzo, podríamos simplificar diciendo que es un relato contado en primera persona de la vida del conde Axel von Fersen, vulgarmente conocido como amante de María Antonieta. Y aunque no deja de ser cierto, el resumen no define en modo alguno ni a esta  novela, ni a los personajes que le dan sentido. Fersen está a punto de morir masacrado por el populacho en las calles de Estocolmo y, como le había predicho Goethe, las imágenes de su vida vienen a su mente como “genios dichosos que posan deslumbrantes en las cimas del pasado”. A partir de este arranque, en un tono íntimo, ayuno de cualquier compromiso, con el desinterés que proporciona una muerte inminente y segura, la narración de Axel von Fersen se convierte en una confesión que de inmediato nos aproxima a la persona, más que al personaje.

       Tal vez el mayor logro de Sánchez Lorenzo consiste en conseguir que nos olvidemos de él desde las primeras páginas, y que nos parezca oír en verdad la voz del propio Axel. Y la mayor virtud de su voz es dibujar de tal forma cada paisaje, cada olor, cada escena, que nos parece que sus ojos son los nuestros. La sutileza con que se recrea el lenguaje de la época, el cuidado con que se manejan los detalles históricos, ya sean nimios o relevantes, la facilidad con que las palabras revelan los estados de ánimo, el acierto y la verosimilitud con que cada personaje, principal o secundario, aparece descrito, acaban envolviendo al lector de tal forma que siente verdaderamente que el autor de esas líneas es el propio Axel von Fersen.
 
Para conseguir tal efecto sin perder un ápice de respeto por los hechos reales novelados es necesaria una cuidadosa documentación histórica, como la que acredita la novela; sin embargo, en ningún caso la crónica se antepone a la novela. Esta nos ofrece la visión de la historia del propio protagonista, y a través de ella se deslizan las claves de un momento crucial para la historia de Europa y las contradicciones propias de los momentos de crisis, cambio o revolución. El propio Axel es víctima de tales contradicciones. Reflejo del Antiguo Régimen, se debate entre su juventud idealista, significada en su participación en la guerra de la independencia norteamericana, y la defensa del viejo régimen, motivada, más que por sus convicciones, por una lealtad hacia María Antonieta que desde luego fue mucho más allá del amorío, como el cuidado relato nos desvela. Su compromiso con los reyes, organizando la fuga hacia Varennes, y el declive del protagonista durante los veinte años que sobrevive a María Antonieta, en un conmovedor eterno retorno hacia su memoria en la mayor desolación, acreditan una devoción que no merece un tratamiento frívolo, como ya había apuntado Stephan Zweig en su biografía de la reina.

Desde luego nada frívolo hallará el lector de esta novela. Muy al contrario, se embarcará en un viaje hacia la profundidad de un sentimiento elevado, que la enseña de la familia Fersen hacía presagiar: “Tutto a te mi guida” (“Todo me lleva a ti”). Descubrirá el lector algunas circunstancias que la historia oficial omite, y gozará con la recreación, con los paisajes que el autor es capaz de dibujar con pocos trazos, como un pintor impresionista, y sobre todo con la profundidad espiritual que logra dotar al propio narrador, a Axel von Fersen. A pesar de tal hondura, los hechos de su relación con la reina se presentan serenos, como el discurrir del agua de un pequeño arroyo, como el retrato de dos seres que se mueven a cámara lenta y en primer plano mientras el mundo en derredor gira con la velocidad de la tormenta.

       Más allá de la historia, “El amante de la reina” es una novela en la que Sixto Sánchez Lorenzo exhibe su soberbio dominio del lenguaje -desde luego, poco común- y una prosa envolvente y fluida, que tiene algo de música dieciochesca, una cadencia que nos mece desde las primeras líneas y nos lleva en volandas a través de un relato apasionante hasta la última página, en que concluye el relato de una vida auténtica, que leemos con la respiración cortada, lentamente, en silencio, saboreando esa emoción que únicamente proporcionan los buenos libros.

domingo, 26 de junio de 2011

Los fantasmas del Retiro


Esta vez, en la editorial Paréntesis, en su colección Umbral, el escritor José Vicente Pascual presenta un nuevo título: “Los fantasmas del Retiro”. No podemos clasificarla de novela histórica, por cuanto el propio autor sostiene que los hechos son históricos, pero que sólo sirven de base para sustentar el argumento narrativo. En realidad, da igual si es clasificable o no. Lo importante es que, como siempre, sus relatos desencadenan el goce de paladear una prosa impecable, tanto en el aspecto lingüistico como en el literario.

El argumento está basado en el curiosísimo caso ocurrido en 1956, cuando se hacen eco los informativos oficiales del resultado de la investigación, sobre Marte, de tres científicos españoles, desde el Observatorio Astronómico de Madrid, situado en el parque del Retiro. En el informe se indica que en el planeta rojo hay vida vegetal y agua, y que, incluso, podría encontrarse vida animal, si bien en fase primaria. Inmediatamente, tan importante hallazgo, imputable a españoles, y no a americanos y mucho menos a soviéticos, pese a la superior tecnología de que hacen gala, provoca tal revuelo, que hasta el NoDo reproduce la noticia, como puede comprobarse en sus archivos.

Naturalmente, la intención del “régimen” y de sus servicios secretos es ir mucho más allá en la espectacularidad de los supuestos descubrimientos en Marte. Planean presentar ante la opinión pública internacional un hallazgo de dimensiones sobrenaturales, el cual, exhibido bajo la autoridad de la razón científica, justificará y otorgará razón de ser histórica tanto al franquismo como a los regímenes dictatoriales derrotados en la segunda guerra mundial. A tal efecto, cuentan con la colaboración de dos científicos alemanes, pertenecientes a la élite propagandística del nazismo, que han abandonado transitoriamente su exilio en Paraguay para colaborar en esta empresa. Uno de ellos, el profesor Gehlen, es afamado experto en óptica astrofísica; su compañero, Blumenbach, tiene larga experiencia como realizador cinematográfico y especialista en fotografía.

Aparte los exiliados alemanes, colaboran en el misterioso proyecto los ya conocidos doctores Guyón, Martín Lorón y López Arroyo, aunque los motivos de cada uno son distintos, así como su implicación en la gran farsa orquestada y que tarde o temprano se expondrá como fulgurante verdad ante la comunidad científica mundial.

Otras personas, otras vidas, se ven involucradas en el desarrollo de los acontecimientos, todos ellos relacionados de una u otra manera con el Observatorio Astronómico:

Silvano Cervera, protagonista de la narración, joven estudiante de ciencias físicas que sufre la presión y el chantaje de la Brigada Político Social para que, desde su humilde puesto de ayudante del ordenanza en el Observatorio, los mantenga informados de todo cuanto sucede en aquella casa. La BPS sabe que “algo” importante se está fraguando y que a ellos los han dejado de lado en la maquinación, por lo que precisan saber y mantenerse informados gracias a la colaboración, obligada, de Silvano Cervera.

Paco González, ordenanza y portero mayor del Observatorio, un hombre simple de atribulada biografía que se verá involucrado en el cúmulo de intrigas y conspiraciones habidas en el viejo edificio.

Muhammad, amigo de Paco González, máximo dirigente espiritual de la Guardia Mora del Caudillo (personaje que tiene consistencia histórica); padece una grave enfermedad pero desde su domicilio, donde sólo espera ya morir, ventea los hálitos funestos de cuanto está sucediendo y aconseja fielmente y con eficacia a Silvano Cervera sobre cómo actuar.

Santiago Dávalos, de nombre literario Eliecer Palacios, autor de una sombría, desasosegante novela titulada El sepulcro de las luces. Antecedió a Silvano Cervera en el cargo de ayudante del conserje, realizando sus mismas funciones de espía. La forma en que consiguieron su lealtad fue secuestrándole el manuscrito en tanto rendía a satisfacción en su cometido. El novelista, de por sí poco estable emocionalmente, acaba por perder la razón, desaparece y nunca nadie ha vuelto a saber de él. Antes de cubrir su retirada con un halo de misterio -y una inquietante sospecha de asesinato-, argüía que, junto con el manuscrito de El sepulcro de la luces le habían robado su alma. Silvano Cervera teme, fundadamente, que el responsable de los extraños fenómenos que se producen en los sótanos y pasadizos subterráneos del Observatorio sea Eliecer Palacios.

Sara, joven a la que Silvano conoce a través de Paco González y de la que acaba enamorándose. Se trata de una muchacha vitalista, llena de ánimo y determinación, que intentará ayudar a Silvano en todas sus dificultades.

Fernando, amigo de Sara -en realidad enamorado fiel de ella-, que a su vez establece amistad con Silvano. Es un joven algo atolondrado pero de excelente índole. Valeroso y algo cándido, su máxima aspiración es hacerse militante comunista clandestino y combatir al régimen de Franco; aunque ha de posponer estos planes hasta el momento en que su padre se jubile y en compañía de su madre se marchen de Madrid para ir a vivir al pueblo, pues no quiere darles el disgusto de su pase a la lucha clandestina.

Estos son los personajes centrales de la novela Hay otros, decisivos, que tienen en el argumento una presencia menos estable aunque determinante, como los policías Gaona y Dearco; el desconcertante poeta Alejandro Bareiro, célebre intelectual antifranquista exiliado en París pero que deambula por Madrid, totalmente impune, en pos de inconfesables objetivos; Samuel Blayne, corresponsal en España de la revista científica Popular Sciencie, Magazine of information on the world and the progress, de quien todos saben que se trata de un espía aunque nadie tiene claro cuál es, en última instancia, el gobierno al que sirve; Adela, limpiadora del Observatorio, quien siente un especial afecto por Silvano, siendo la relación entre ambos motivo desencadenante de acontecimientos cruciales para el argumento; Ángela Gullón, hija del profesor Gullón, quien tras la preocupante desaparición de su padre se pone en contacto con Silvano en busca de ayuda, y será ella quien descubra al protagonista los planes últimos sobre los supuestos descubrimientos en Marte y el secreto que se oculta bajo los subterráneos del Observatorio, camuflados como obras de ampliación del metro madrileño, concretamente la estación de enlace entre Retiro y Diego de León que se comenzó a construir, precisamente, en 1956 (documentado).

En definitiva, un narrador de excepción que dedica esta obra al puntual testimonio de una época demencial, en la que cualquier argumento, por muy peregrino que fuera, había de servir a la justificación, cuando no a la exaltación, de una dictadura que pretendía haber sido instaurada por designio divino. No hay más que recordar las monedas, en las que Franco era “caudillo por la G. de Dios”.

miércoles, 20 de abril de 2011

Málaga, el paraíso de un reino

Por José Manuel García Marín

El viento de poniente cimbrea con dulzura las tiernas ramas de la arboleda del monte de Gibralfaro, como desde mucho antes de que la colina recibiera este nombre. Abajo, en el puerto, chapalea el agua contra los costados de los barcos, tal vez con las mismas notas con que lo hiciera contra las trirremes romanas; igual, seguramente, que con las naves fenicias, griegas, nazaríes, berberiscas, genovesas o castellanas. Viento y agua o, mejor, brisa, de mar perfumada. Un soplo, el hálito, la bocanada de milenios con esencia de culturas.

Dicen que Málaga es una hoya quienes no la sienten y se ciñen, estrictamente, a su orografía. Es cierto que al norte, a su espalda, está rodeada de montes que la arropan y la defienden de los aires fríos, y que la entibia el Mediterráneo; pero, la realidad es que la naturaleza le ha concedido el abrigo, seguro y templado, del regazo de una madre. Y el azul, el azul de ese cielo nítido de noviembre. Tan nítido, tan claro, que parece que hiere y apremia a la lucidez. Málaga tiene el mar al sur, pero el mar es su norte, porque las ciudades costeras tienen, como norte, el mar.

Hay urbes opresivas, que comprimen el espíritu y angostan el intelecto. Son poblaciones rigurosas, severas, que se complacen en lo más sombrío del pensamiento. En ellas nace y se cultiva la ortodoxia. Son esas en donde no nos atrevemos a respirar hondo, como si temiéramos, con nuestra veleidad, transgredir una norma no escrita. En cambio, a Málaga se llega con un suspiro de alivio y, casi sin querer, llenamos los pulmones hasta saturarlos de oxígeno y, acaso con él, de una heterodoxia blanca, prolífica y chispeante, como la espuma que obsequia el oleaje.

Aún hoy los ojos de las jábegas -aquellas barcas, legado de los fenicios-, permanecen abiertos por admirar, sin duda, la belleza de una ciudad florida y femenina. Florida, porque las flores están presentes en todas partes: jardines, terrados, glorietas, balcones... ¡Es tan fácil que florezcan en esta tierra! Incluso donde no están se las intuye, en tal medida se las desea. Y es que aquí no se plantan, aquí se crían. Las flores. ¿Qué lugar es éste, donde el aire lleva en palmas aromas de sal y de romero, y las mujeres tienen mirada de jazmines en la noche?, ¿no es en estas calles donde los foráneos creen obtener una flor cuando compran una biznaga? ¡Qué delicadeza ensartar por el tallo, uno a uno, los jazmines en las agujas del cardo! Y qué sutileza la de aquél biznaguero que las voceaba: “¡Vendo olor!”, proclamaba. Admirable que, en tan corta frase, le cupiera una poesía.

No es gratuito que al faro del puerto, en Málaga, se le llame “la farola”. Es probable que sea la única población del mundo en que al faro se le aplique este género; pero eso no es más que abundar en que la ciudad es femenina, como todas las que son o han sido bellas. Una madre, si bien ni coactiva ni protectora en exceso, sino experimentada y sabia -por algo con más de tres mil años-, aquélla que enseña e incita a volar a sus hijos, a la par que conserva un trozo de hogar para su vuelta. De ahí que despierte en el ánimo sentimientos de expansión, de libertad infinita.

Por esto el ojo en las jábegas, para que la embarcación gozara del atributo físico de un ser con vida. Un ente elevado a la categoría de hija y, por tanto, merecedora de que el regreso, sana y salva, fuera ansiado por la madre. De este mágico modo, se lograría que pesara más el magnetismo atrayente de sus costas, que la negra adversidad. Ya lo presintieron los fundadores de “Malaka”, los fenicios, cuando se asentaron en las faldas de la Alcazaba. Nadie niega que, además, simbolice el ojo de Horus o el de Osiris, que ellos trajeron de Egipto y que, como talismán, sea poderoso contra el mal de ojo. No se excluyen, luego pueden coexistir esas creencias. Eran Melkart y Astarté sus dioses y no las deidades egipcias y, sin recato alguno, consagraron sus barcas a los ajenos. Manifiesta señal de que podían avenirse.

A este pueblo, venido del actual Líbano, no sólo le debemos el avance que supuso el comercio, también la cultura, el conocimiento del alfabeto y otras cuestiones prácticas, como la ordenación del espacio de las poblaciones, lo que conocemos como urbanismo. El apogeo de su colonización en tierras malagueñas se produce entre los siglos VIII y VI a. de J.C., pero parece que ya existía un período de precolonización desde el siglo XI a. de J.C.

Se establecen, los fenicios, en la franja costera que va desde el Cerro del Villar, en los terrenos que recientemente eran propiedad de la azucarera Larios, junto a la desembocadura del Guadalhorce, hasta más allá de Algarrobo-Costa. La población autóctona aprendió de estos grandes comerciantes nuevas técnicas de alfarería, textiles, metalurgia y salazón de pescados. Por cierto que, la célebre salsa “garum”, tan apreciada en Roma, no es un producto romano, sino fenicio. Además de esta salsa, eran expertos en la extracción de un tinte, de las glándulas branquiales del “múrex”, un molusco al que en Málaga se le llama “búsano”, para conseguir el púrpura con el que se teñían tejidos de alta calidad, reservados a los reyes y grandes sacerdotes.

Hay quienes afirman que el olivo lo introdujeron ellos. No es cuestión ahora de entrar en disquisiciones; pero, lo que sí apunta a verdadero, es que promovieran su cultivo e instruyeran a los naturales en la industria de convertir el fruto en oro líquido. Una nueva materia de agricultura, y con ella los ciclos de labor y de recolección, que ya se festejaban en honor de dioses olvidados, diosas-madre de la fecundidad, representativas de la Tierra, con la alegría de la fiesta de “Verdiales”, el cante prefenicio que ha perdurado a lo largo de los siglos, a pesar del esfuerzo de la Iglesia por domesticarlo, y que ha resultado en genuino e indiscutible signo de identidad. ¿Qué más da que tenga connotaciones con la cultura minoica o que coincida con las saturnales, siendo estas últimas posteriores? La grandeza es que Málaga participa, de pleno derecho, de la Andalucía mítica, y que protagoniza y comparte el sabor de las jugosas raíces del hombre mediterráneo, que es el de la mixtura de la historia con la fábula, porque aquélla, sin el mito, sólo es crónica, y éste, sin la historia, sólo fantasía.

Sí, aquí se adoró a Melkart y Astarté; a Zeus y Hera en la “Mainaké” griega, breve como un destello, pues, en más de tres mil, setenta años son únicamente un atisbo, un leve fulgor del tiempo. Sin embargo, una ventana más a la sabiduría de este Mare Nostrum.

Enseguida, estos dioses serían reemplazados por las divinidades romanas, Júpiter y Juno, cuando la población entró a formar parte de las “civitas” aliadas de Roma. Más tarde, bajo el dominio de Vespasiano, se convirtió en municipio romano en reconocimiento de su importancia, de lo que es una prueba la entrega, en el año 81 d. J.C., de la “Lex Flavia Malacitana”, en la que se recogen, entre otras cuestiones, y como curiosidad, hoy, la imposición de sanciones a los propietarios de edificios que permitieran su abandono y destrucción, sin una causa de peso, a menos que, en el término de un año, procedieran a su reconstrucción.

De esta “Malaca” se conoce el “Decumanus”, la vía este-oeste, que se emplazaría en la calle Santa María y en la continuación de ésta, la calle del Cister, pero no el “Cardo Maximus”, la que seguiría la dirección norte-sur.

Afortunadamente, y a falta de otros vestigios de similar trascendencia, el Teatro Romano ha permanecido en un estado discreto de conservación, gracias a quedar enterrado -es de suponer, aunque sea una paradoja-, hasta 1951. En estos momentos, en los que Málaga aspira a ser Capital Cultural de Europa para el 2016, se realizan obras de excavación y de recuperación del monumento, del que puede contemplarse parte del escenario más inmediato al espectador, el “proscaenium”, de la “orchestra”, de la “cávea” (las secciones de la gradería) y del “vomiturium”, el pasillo por donde accedía el público. Los malacitanos de la época asistirían a la escenificación de obras de Nevio, Tito Macio Plauto o Publio Terencio Africano, hasta el siglo III, en que dejó de usarse el teatro, deleitados con la más sobresaliente joya de la que nos hicieron herederos: su lengua, el latín.

Vasos, bustos, columnas, capiteles... multitud de restos romanos, no sólo en la capital, sino en toda la provincia, desde Antequera, con su “Arco de los Gigantes” y su orgullo: “El Efebo”, una estatua de 1,54 m de altura, en bronce hueco, a otras localidades en las que se conservan puentes, inscripciones, acueductos, termas, villas, etc., como Cártama, Ronda, Casares, Coín, Ardales, Teba, Salares, en una lista formidable.

Roma hizo valer el poder y el orden imperial, mediante la imposición de su ley civilizadora, y potenció a “Malaca” como ciudad portuaria apta para el comercio exterior, como ya lo era con los fenicios; pero, comunicada con la Hispania interior por la Vía Hercúlea o Vía Augusta, se facilitó aún más su desarrollo. Desde las dársenas se exportaban aceites, salazones, metales, tejidos, pasas, vino y esclavos. Algunos productos se monopolizaron en manos de sirios y judíos, que llegaron a instituir los “Collegia” (juntos por ley), gremios regularizados y poderosos.

La pujante trayectoria del puerto no fue alterada con la invasión de los visigodos, quienes respetaron las relaciones comerciales que se mantenían con ciudades de Italia, Grecia, Siria y el Magreb. Sí se produjo, como era presumible, el relevo de dioses. Ahora se introduce el cristianismo con más fuerza, mas no nos confundamos, el cristianismo unitario; es decir, el arrianismo. Al menos, oficialmente, los malagueños hubieron de abandonar la pluralidad, en favor de un solo dios, ya que los romanos no impusieron sus cultos, excepto en el caso de Constantino, pero, aun así, su fe sería asimilada por las clases altas; muy difícilmente en las áreas rurales. Se origina, de este modo, la fractura, el quebranto del paganismo que, aunque absorbido y transformado, continuará latente durante siglos.

Es a partir del siglo VIII, cuando Málaga se constituye en “cora” (distrito o comarca) de al-Ándalus, con capital en Archidona, “Malaqa” se hace musulmana, y comienza su andadura hacia el esplendor, cuyo inicio efectivo se desencadena en el período de los reinos de taifas (del XI al XIII) y culmina al incorporarse a la taifa nazarí de Granada hasta finales del siglo XV.

“Malaqa” atraviesa cuatro fases de taifa o reino independiente, más la subordinada a la granadina. Con la dinastía “hammudí”, primero de ellos, ya adquiere auge e incluso acuña moneda propia. Hay varios elementos curiosos de la época taifa en Málaga (según datos de la Dra. Martínez Núñez): los soberanos hammudíes no se entierran en Málaga, sino en Ceuta; no quedan inscripciones epigráficas de los nazaríes, y en sus enterramientos abundan las estelas de orejas con textos de alabanza.

La urbe, a mediados del siglo XIV, se encuentra perfectamente protegida, con la muralla que recorre todo su perímetro, el foso que la acompaña y una fortaleza militar elevada, que podía albergar a más de cinco mil soldados, la Alcazaba-Castillo de Gibralfaro, que también está amurallada. De la importancia de la ciudad, en cuanto a extensión y actividad, puede dar idea el número de puertas que traspasaban dicha muralla y que el Dr. Martínez Enamorado evalúa con seguridad en más de ocho, si bien de algunas, más dudosas, sólo se tienen noticias por referencias sin ubicación.

Este historiador arqueólogo, coautor, con la Dra. Calero Secall, de la magnífica obra: “Málaga, ciudad de Al-Ándalus”, advierte, para ayudarnos a comprender mejor la fisonomía urbana, que debemos tener en cuenta la evolución de la línea de costa, causadas por la sedimentación, la erosión y el efecto transformador de la mano del hombre; porque, sólo así, conseguiremos entender la cercanía del agua a determinadas zonas o edificios que, hoy, se encuentran retirados del mar.

Entonces podría verse, desde la muralla, la agitada actividad del puerto, con las idas y venidas de comerciantes, carreteros, capataces, muleros, marineros, estibadores y mozos de cuerda; se alcanzarían a oír sus quejas, sus risotadas, los juramentos, las maldiciones y los golpes de los fardos contra la madera de cubierta, ahogados, a cada instante, por los graznidos de las gaviotas. El aire salino se impregnaría del olor a brea de las naves, y de vino o especias cuando se cargaban en las carracas genovesas, junto a las sedas, el lino, almendras y dulces pasas de la Axarquía, rumbo a los países del norte.

Los genoveses, que competían duramente en el negocio de la seda con pisanos y toscanos, obtuvieron ventajosos acuerdos con los sultanes nazaríes, por los que se les permitía disfrutar de una alhóndiga de su propiedad en pleno puerto, un edificio que se llamó “Torre o Castil de los Genoveses”, muy cerca de la “Puerta de Buenavista” y próximo a las “Atarazanas”, los astilleros en que repararían sus embarcaciones en caso necesario. Las “Atarazanas” fueron construidas por los almohades, pero la ampliación y la monumental puerta se debieron a Yúsuf I, el sabio sultán nazarí. He ahí el porqué de los escudos de esta dinastía en el soberbio arco, que todavía se conserva, de la puerta principal del Mercado Central.

Malaqa reúne todas las condiciones urbanísticas para residir en ella: está fortificada, tiene puertas, postigos, mercado en la plaza de las Cuatro Calles (Plaza de la Constitución), un puente para cruzar el río Guadalmedina al arrabal de los mercaderes de la paja, tenerías para curtir pieles en la calle de Pozos Dulces, un alfar fuera del recinto amurallado (por la actual calle de Ollerías) y otro, el emiral, en la calle de las Especerías, donde expertas manos artesanales moldearían la afamada cerámica o loza dorada que, igualmente, se exportaba por vía marítima; una judería al noreste, extramuros también, por lo que se deduce la existencia de una sinagoga; una alcaicería, el mercado de productos suntuosos, baños, fondas, un cementerio y templos para la oración, mezquitas, repartidas por sus calles, alguna en la calle Granada y una mezquita aljama (mayor), con su madrasa (la escuela coránica), en el lugar que ahora ocupa la catedral. Por diferentes crónicas se sabe que tendría trece naves, lo que la define como un espacio de medidas más que respetables, y una deslumbrante lámpara de plata, que había donado el piadoso vecino Tammin ben Buluggin. Martínez Enamorado cita a la Dra. Aguilar García, que defiende que el número de columnas de mármol -de jaspe algunas-, que la sustentaban era de ciento once, aunque Jerónimo Münzer cuenta ciento trece.

El gobierno del pueblo estaba asegurado mediante los estamentos precisos: el militar, el religioso y el civil, representado por los cadíes, que impartían justicia a los habitantes. Y la vida, con sus placeres: la suavidad del clima, el mar y sus productos, frescos o en salazón, los frutos de huertas y almunias, las carnes de sus ganaderías, que eran guardadas en un recinto cercado, al norte, entre el Torreón de la Goleta y las puertas de la Explanada de los Alardes y del Postigo (más tarde de Buenaventura), lindando con el río al oeste y en dirección al camino de Casabermeja al este; las viñas, de las que se extraían los vinos lícitos -el célebre “Xarab al-Malaquí”- y los ilícitos, remitidos a otros países, aunque algo quedaría para despacho de viajeros de otra fe y de más de un pecador, sin olvidar a nuestros judíos, que carecen de esta prohibición. Incluso, en fin, había tertulias literarias, y para todos los gustos, al oscurecer, no en vano en Malaqa habían nacido sabios y poetas, como Ibn Gabirol, el más ilustre de ellos. En definitiva, si Córdoba encarnó el poder y la cultura, Sevilla la alegría; si Granada fue el reino, Málaga su paraíso.

Llegados a 1487, mejor pasar de puntillas por la cruel toma que, de Málaga, realizaron Isabel y Fernando. Baste decir que quince mil malagueños musulmanes fueron convertidos en esclavos y que sólo quedaron de veinticinco a cuarenta familias. Como ciudad, se desmoronó, sumida en triste decadencia durante dos siglos, en los cuales únicamente el puerto se mantuvo, aunque sin la brillantez de antaño, dedicado a la exportación de vellones de lana a diversos puntos de Italia.

Inmediatamente a la conquista, se procedió al repartimiento de las casas principales a los caballeros cristianos que participaron en la batalla. Un buen ejemplo es el Palacio de Buenavista, hoy Museo Picasso, que fue un palacio nazarí, del que queda la torre, sobre el que se edificó el nuevo, propiedad, a partir de entonces, de Diego de Cazalla. Al margen de las exposiciones, es muy recomendable reparar en los hermosos alfarjes y artesonados del edificio.

Del igual manera, en 1498 se utiliza la mezquita mayor para comenzar, sobre ella, las obras de la catedral. En ella intervinieron los maestros Enrique Egas, con Pedro López como cantero, Diego de Siloé y, mediado el siglo XVI, Andrés de Vandelvira. La catedral, que contiene una mezcla de estilos, desde el gótico al renacentista, ha sufrido innumerables problemas para concluir sus obras, que jamás se terminaron, pues aún falta una torre para quedar ultimada. Sin embargo, esta carencia, por la que es conocida como “la Manquita”, se ha trocado en característica de tal magnitud que, planteado hace unos años su remate, se optó por dejarla inacabada. No obstante, la catedral tiene en su seno cualidades que la sitúan entre las más notables. Vale con observar su inestimable coro, obra de Francisco de Mora, con cuarenta tableros de Pedro de Mena, en la doble fila de asientos tallados en maderas de caoba, granadillo y cedro. En medio, la cristalina lámpara de Bohemia de 1766. Una, excepcional, de plata, en el templo musulmán y otra, extraordinaria, de cristal, en el cristiano. La luz, el ancestral fuego de los dioses, y la música celestial de los órganos gemelos, uno a cada lado del coro, que parecen cobijarlo desde sus veintidós metros de altura, que el Maestro Organero de Cuenca, Julián de la Orden, en colaboración con el arquitecto Martín de la Aldehuela, construyeron en cuatro años. Inaugurados en 1783, bajo el patrocinio del obispo Molina Lario y presupuestados en quince mil, terminaron por costar entre cincuenta y siete mil y sesenta y un mil ducados. Se cuenta que ambos maestros se quedaron ya para siempre en Málaga, y que el primero solicitó, siéndole concedida, la plaza de Maestro Campanero para, con ese motivo, residir en la torre, desde donde podía escuchar el sonido de los órganos, hasta su muerte, en 1794.

En 1505, frente al Sagrario, había un mesón que el caballero Diego García de Hinestrosa transformó en palacio familiar, y que legó a su muerte para que, a sus expensas, se convirtiera en hospital para pobres. El Hospital de Santo Tomás, de estilo gótico-mudéjar, hubo de ser reedificado tras los terremotos que se sucedieron en los años 1884-1885. Este inmueble tiene dos particularidades: ser uno de los monumentos más desconocidos por los propios malagueños, por la imposibilidad de visitar su interior, y poder erigirse, de hecho, en una de las más antiguas fundaciones de España continuadas hasta hoy. Se sabe de él que tiene siete patios y una bellísima capilla. Por fortuna, en un futuro próximo, se abrirá al público, formando parte, así, del recorrido que puede hacerse por el centro histórico.

Málaga no se resigna a su suerte ni por las riadas, la devastación de la guerra, la expulsión de sus ciudadanos o las epidemias, como la de cólera del siglo XVII. Poco a poco avanza hacia la industrialización. En el XVIII vuelve a exportar sedas y lanas. Se crea el Consulado del Mar y se establecen cátedras de comercio, agricultura y navegación. En el XIX toma la iniciativa industrial y es pionera en dos áreas: el metalúrgico y el textil; pero a los manejos políticos, que la apean de su podium en beneficio de otras, se suma la filoxera, que provoca un desastre en el medio rural. La depresión económica ocasionada, más la padecida por la guerra de 1936, no quedará enmendada hasta la segunda mitad del XX, en que se erigirá en uno de los primeros destinos turísticos del mundo. La urbe se abre al extranjero, gracias al que penetra una nueva mentalidad, más moderna y cosmopolita.

Málaga es permeable a las ideas y así ha sido a lo largo de centurias. ¿Qué posos, qué sedimentos subsisten en el hombre por la vía genética, después de haber digerido tantas culturas, perspectivas, dolor, júbilo, tristeza, tanto sol y tanto cielo, sino hospitalidad y cercanía?, ¿y no son éstas el clamoroso indicativo del dominio, genial, del malagueño sobre la cúspide del arte: saber vivir?

La circunstancia de que sean innumerables los artistas que han nacido en Málaga, un asombroso filón de escultores, pintores, escritores, poetas..., y que, cada cual a su modo, hayan cantado a la vida, ¿es accidental o se ha debido al influjo que la ciudad ejerce en sus moradores?, ¿acaso son, al contrario, los artistas los que han configurado este especial modo de ser y de sentir de la ciudad, o es una perpetuada interacción, ya indisoluble?

Las diosas de la inspiración transitan por todo el Mediterráneo; pero, al llegar la noche, cuando baja la luna al mar, las musas eligen dormir en los jardines de Puerta Oscura.


viernes, 17 de septiembre de 2010

Fez, la telaraña de la clepsidra


Cuando aludimos a lo mediterráneo nos referimos a un conjunto de civilizaciones, sucesivas o coincidentes, pero que cada una de ellas ha proporcionado un sedimento lo suficientemente enriquecedor, como para que la suma de sustratos dé como resultante lo que hoy denominamos “cultura mediterránea”. A ello, transformado ya en concepto indiscutible, recurrimos para definir unas determinadas formas de ser, de pensar y de sentir como actores y espectadores del paso de los tiempos; de vivir, en definitiva.

Esta filosofía de vida supera sus costas, porque, si así no fuera, Córdoba, uno de sus focos más resplandecientes en el pasado, no pertenecería a ella y el hito físico que representa nuestro árbol sacro, el olivo, cuyo oleaginoso fruto es ungidor por taumatúrgico, no tendría razón como símbolo, como marca de su expansión. Habría dejado de jalonar la extensa y móvil frontera. Es absurdo siquiera pensarlo. Pero ¿hemos reparado en que a igual distancia del mar, en línea recta, se encuentra otra ciudad luminaria, Fez? ¿Predomina una sobre otra o, tal vez, sean espejos de una misma luz? Estas “polis”, como tantas otras, más o menos alejadas de las olas del Mediterráneo, puede que, a la par de motoras de cultura, tengan por destino ser torres vigías, reflectoras de terceras, con el azogue de hojas plateadas de los olivos que las circundan. Así, este mar, de arte encendido.

No existen, entonces, por azar, sino como necesidad humana de sus lúcidos reverberos. Acaso, a Fez, tuviera que acabar de fundarla un santo: Idris II. Acabar, porque el padre de éste, Idris I, en el 789, ya se había asentado en la orilla este, la margen derecha, del río Fez, que dio nombre a la ciudad.

Idris I tiene un paralelismo curioso con nuestro Abderrahmán I, pues también él llegó al Magreb -y junto con un criado y amigo, Rasid; tal como el omeya con su servidor, Badr-, huyendo de los abasíes, que deseaban matarlo por la competencia que podía hacerles como descendiente del Profeta. La diferencia es que, en este caso, lo lograron y Muley Idris al-Akbar sólo pudo reinar sobre las tribus beréberes hasta el 791, asesinado por envenenamiento, de manos de un emisario del califa abasí Harum al-Rashid, el de “Las mil y una noches”. En esa fecha, a Idris II aún lo abrigaba el vientre de su madre. Lo extraordinario fue la fidelidad del amigo del progenitor, que ocupó la regencia.

Idris II tomó las riendas del poder en el 808, siendo muy joven; pero lo cierto es que él fundó un segundo núcleo de la ciudad, en la otra margen del río, a la que llamó al-Aliya. La población, de repente, se vio incrementada por parte de los cordobeses expulsados en la Revuelta del Arrabal, en el 814, y otras gentes procedentes de Qairuán (Túnez). Los primeros se establecieron en la orilla este, que desde entonces es conocido como el barrio de los andaluces, y los segundos, al otro lado, el barrio de los qairuaneses. De ahí el nombre de la famosa mezquita de al-Qarawiyin.

En la actualidad, al conjunto de estos dos primitivos sectores se le denomina Fez al-Bali (Fez la antigua), en contraposición a la que, más tarde y unida con la anterior por el sur, erigieron los sultanes meriníes, Fez al-Jédid (Fez la nueva), en la que se ubican el palacio real y la “mellah”, el barrio de los judíos.

Fez es una urbe amurallada. Y esto hay que entenderlo desde una doble perspectiva: la militar y la metafórica. En lo defensivo, porque en ella se reunía tal riqueza, que era necesario preservarla de la codicia que despertaba. ¿Qué monarca no querría adueñarse de una población que contaba, a finales del siglo XII, con 3.000 telares, 80 fuentes públicas, 93 baños, 72 salas de abluciones, 12 fundiciones y 11 fábricas de vidrio? Sin embargo, a pesar de la eficacia de esta protección, la ciudad guarda en su seno un temible cancerbero: su propio trazado, laberíntico, desorientador, de angostas callejas -muchas, sin salida: los adarves- que semejaran una gigantesca telaraña, ansioso el invisible monstruo por engullir al imprudente escuadrón enemigo que se atreviera a profanar su paz. No obstante, nada material está por siempre blindado; es en lo metafórico, como en el amor, en lo que la conquista forzada es impracticable. O se cede, o no penetraremos. Quien crea que puede aprehender el espíritu de una ciudad mágica, mítica y mística, con el impaciente ojo de un zarandeado turista, estará embalsando, ¡pobre iluso!, agua en sus manos. O nos rendimos, de entrada, y adecuamos nuestro ritmo al suyo, a sus cadencias, a su “tempo”, incluso adoptamos su desdén por toda precipitación con altivo menosprecio, aquella dignidad de los sultanes meriníes, o el secreto se custodiará a sí mismo, a salvo del más mínimo ultraje.

Provistos de inexcusable serenidad, abierta la mirada y desembarazados de cualquier rastro de injustificable miedo -miedo... ¿a qué, a perdernos?, pero si venimos a eso, a perdernos para encontrarnos, si esto último es posible-, podremos gozar, ahora sí, del universo atemporal con que la vieja Fez nos regalará la inteligencia, el espíritu y los sentidos.

El cinturón de piedra que rodea su perímetro, contiene más de una docena de puertas, que permiten el acceso desde múltiples direcciones; como una rosa de los vientos centrada en el corazón de la metrópoli.

La entrada más común es la que, partiendo de la afrancesada ciudad moderna, nos hará cruzar Bab Lamar, la Puerta de las Armas, y encontrarnos con el barrio judío, la “mellah”, que deberemos atravesar, por su “gran calle de los meriníes-los soberanos que tenían bajo su directa protección a los judíos-, a modo de preámbulo, de suave inmersión, porque ahí se inician los vivos gorgoteos de la medina. Antes de continuar, es conveniente desviarnos por una calle, a la derecha, y hacer una parada en la sinagoga de Ibn Danan, abierta a los visitantes, bastante bien conservados los anchos zócalos de madera y en la que todavía lucen sus numerosas lámparas, de distintos materiales y formas. En un lateral de la sala está situada la “tebá”, el lugar, levemente elevado, que hace las funciones de un púlpito y en el que el oficiante hace la lectura de los textos litúrgicos. Su curiosa decoración de arcos, culmina con un armazón de varillas metálicas en forma de cúpula oriental. En la tradición sefardí, la “tebá” está colocada en el centro de los fieles, frente al “hejal”, el arco orientado a Jerusalén donde se guardan los rollos sagrados.

Volviendo a la arteria principal desembocaremos en Bab Semmarine, puerta por la que ingresamos en la calle comercial de mayor longitud y anchura de la Edad Media, hoy denominada avenida de Muley Slimane. Antiguamente, el mercado junto a la puerta albergaba los silos de la ciudad. A lo largo de la calle hallamos dos mezquitas: la “al-Hamrá” -la roja-, que no exhibe ese color, sino que su nombre se debe a la leyenda que atribuye su fundación a una mujer roja, y la “al-Beida” -la blanca-. Al finalizar la extensa avenida, bordeando los muros de palacio, saldremos a una zona de amplios espacios y jardines. Las tapias del colegio Muley Idris, ahora, nos guiarán hasta la puerta que buscamos para introducirnos en la antigua medina.

Bab Bujlud fue construida en el siglo XII, por los almohades. Consta de tres vanos frontales, dos laterales y uno central de superiores proporciones. Los tres acaban en arcos de herradura apuntados. Lo más característico de esta puerta es que la decoración del alfiz se compone de pequeños azulejos en azul cobalto, el color de Fez, a la entrada, y verde a la salida.

Claro que, la verdadera particularidad de Bab Bujlud no es de índole artística o constructiva, sino la de ser un pasadizo con la cualidad de trasladarnos a otras épocas. La riada humana, con la que de inmediato tropezamos, atrae como el rápido caudal de un río que, contemplado con fijeza, magnetiza y despierta el vértigo de consentirnos, de dejarnos absorber por la corriente. Pero no es ésta la que seduce; es la perfecta armonía del movimiento, fascinador trasunto del tiempo. Y es que, estas sarmentosas callejas, son alígeros afluentes del río de la vida. De esta suerte, el efecto de que, aquí, tiempo y movimiento se confundan.

La insulsa homogeneidad transatlántica que invade Europa, disfrazada de funcional modernidad, se enfrenta en la medina fesí con su extremo opuesto. Todo lo que no sea fecunda multiplicidad, podría decirse que no tiene asiento en esta burbuja heterogénea. Las casas, por ejemplo, con sus diferentes alturas, anchuras, tonos de las fachadas, portales, incluso puertas; algunas enormes, otras medianas, de madera labrada y magníficos aldabones, junto a casitas humildes y de entradas diminutas, por las que el observador infiere que los moradores de éstas bien pudieran ser liliputienses. En los ciudadanos, la variedad de atuendos, de colores y listas de las chilabas, de gorros, de babuchas o los diferentes tonos de piel y ojos, que no ocultan las amplias capuchas de los albornoces, obedece al mismo canon de pluralidad.

Comienza el laberinto con una encrucijada. Podemos elegir entre la Tala’a Saghira, “la cuesta pequeña”, o la Tala’a Kabira, “la cuesta grande”. Ambas conducen al centro de los latidos de este organismo vivo; pero, en la segunda, aguarda una de sus maravillas. Es el momento de integrarse al incesante hormigueo de compradores, vendedores, simples curiosos, viajeros, turistas -que no son equivalentes-, artesanos y mercaderes, que vocean su mercancía, excepto cuando maldicen a los inevitables pilluelos que corretean, alocados, y que no siempre consiguen esquivar el violento encontronazo con ellos. Un aluvión de almas entre las mínimas tiendas -dispuestas a ambos lados de la calle-, que avanza, estrepitoso, en corrientes opuestas, del que únicamente logran sobresalir los gritos de los muleros, que avisan, con sus clásicos “¡balêk!, ¡balêk!”, para que se aparten los transeúntes de su paso.

Enseguida encontramos la sorpresa que nos esperaba: la madrasa Abu Inania, en el lateral derecho de la calle, y las ruinas de su clepsidra, enfrente. Tanto una como otra fueron mandadas construir entre 1350 y 1357 por el sultán Abu Inan Faris y estaban comunicadas. La madrasa es una escuela coránica que contiene una mezquita. Gracias a que está permitido visitarla, disfrutaremos de su belleza.

En al-Ándalus ya hubo un precedente de esta clepsidra, la que ideó Abu Ishaq Ibrahim ben Yahyá al-Naqqas (el hijo del cincelador), conocido como Azarquiel por sus ojos azules (zarcos)[1], en la taifa toledana de al-Ma’mun, aproximadamente unos 300 años antes. El reloj del cordobés, afincado en “Tulaytula”, marcaba las horas y los días lunares. Por desgracia, Alfonso VII mandó que se desmontasen los dos estanques de que constaba, con la intención de averiguar su funcionamiento, pero el judío que se atrevió, Hamis ben Zahara, no supo montarlos de nuevo.

El sistema de un reloj, de estas características, está fundamentado en dos cuestiones: un recipiente medido y un flujo constante de agua. De la perfección con que se lleven a cabo estas dos condiciones, dependerá la exactitud del reloj. Ese es el punto de partida, pero, naturalmente, a mayor complicación, mayores posibilidades.

El artificio hidráulico, de Fez, fue fabricado por Abu al-Hasán ben Alí Ahmed y ocupa un pequeño edificio, Dar al-Magana (la casa del reloj), con 12 ventanitas y un ancho alero de protección. Cada hora se abría una de las ventanas y caía una bola metálica a un cuenco de bronce, dando aviso del tiempo transcurrido. Se supone que el sistema era parecido a los de Toledo y Damasco. A grandes rasgos, un peso que flotaba en el agua de un recipiente se hundía, junto con la superficie del líquido, a medida que éste se desalojaba de manera constante. El peso estaba unido a una cuerda, en cuyo extremo había un contrapeso, que tiraba de un carro y ponía en acción las puertas de las ventanas y las bolas, haciendo caer las esferas sobre los cuencos.

De su correcto funcionamiento se hacía cargo un responsable, al que designaban, por su oficio, con el nombre de “muwaqqit”. Es presumible que la comunicación de la clepsidra con la madrasa fuera, precisamente, para efectuar su mantenimiento. En la actualidad, se procede a la restauración del ingenioso mecanismo.

En contraste con el austero arte de la dinastía anterior, la almohade, la madrasa meriní de Abu Inania tiene profusamente decorado el interior de sus muros. Todo en ella es magnificencia. Ya la describió, admirado, León el Africano. Se trata de un edificio de dos plantas, con un patio rectangular, en cuyo centro se aloja una fuente de mármol, baja y circular, de respetables dimensiones. Tres galerías ocupan sendos laterales, donde se hospedan los estudiantes, y en el cuarto, paralelo al de entrada, está instalado el oratorio, con su mihrab, la hornacina que señala la dirección de la Meca. Esta sala, techada, pero con arcos abiertos al patio, se usa en ocasiones como aula y los viernes como mezquita, peculiaridad, esta última, tan excepcional, que sólo se da en esta madrasa. Aunque, lo que impresiona es saber que Ibn al-Jatib e Ibn Jaldún impartieron sus clases, seguramente, en un almimbar -el sillón, por lo general de madera noble, con peldaños, desde el que el imán pronuncia la “jutba” (el sermón)-, similar al que posee.

La inefable carga de cultura, más de seis centurias horneando aplicados discípulos que, al cristalizar, difundían la erudición, la sabiduría, aprendida de sus maestros, como se expande el perfume de los jardines mediterráneos, había de tener su contrapartida corpórea. Las ciencias, las matemáticas, la geometría, la filosofía, la música, ornamentan las paredes, excesivas de estrellas; los suaves arcos cuajados de mocárabes, el cedro tallado de celosías, ventanas y techumbres, conciertan insólitos mapas de abstracción, portentosas sinfonías de simetrías sonoras, áureas láminas que simultanean lo efímero y lo eterno con la sutilidad de que dispone, tan sólo, lo sublime. En secreto, la luna llena y el arrocabe pugnan por asomarse al patio, mientras la fuente deja fluir su tenue risa, de plata interminable.

Durante siglos, largas caravanas de camellos y dromedarios atravesaron las distintas puertas de la ciudad, según el lugar de donde procedieran. Las venidas de los puertos del norte entrarían por la Bab Sidi Bujida, conocida en la antigüedad como Bab Abi Sufian; las del este, por la Bab Khokha; más al sur, Bab al-Jédid, cruzado el puente de Lakbira; o, en función del fondûk al que se dirigieran, la que mejor se adaptara a su camino.

Una vez en el fondûk o caravasar, donde se hospedaran, los animales eran descargados y guardadas las mercancías en los almacenes, que permanecían cerrados y celosamente vigilados. De estos establecimientos, es muestra el fondûk en-Nejjarin, en la plaza del mismo nombre, si bien ahora está destinado a museo de artes y oficios. A los mercaderes, a los viajeros, se les albergaba en la planta alta. Las cuadras, en la de abajo, junto con los depósitos de mercaderías, alrededor de un patio central en el que había un abrevadero. Más tarde, los productos eran transportados a los diferentes zocos, a lomos de mulos y asnos, que circulaban con más soltura, que los imponentes camélidos, por las estrechas vías.

Estos zocos, o mercados, estaban agrupados por oficios -y así continúan, como en época medieval-, con sus propias normas y representantes. De modo que aún podemos contemplar, y comprar en ellos, claro, el zoco de las babuchas, el de los tejidos, el de los carpinteros, en el que queda algún artesano que utiliza la técnica del torneado sobre maderas nobles, como se hacía antaño; el de las lanas, el de los perfumistas, los especieros, con su ingente variedad de especias en montoncillos ocres, rojos, amarillos... sobresalientes, como minúsculas colinas, de los sacos en que las apilan y que exhalan una densa atmósfera de aromas, un delicioso paraíso sensorial; el de los tintoreros, que tiñen las madejas de lana y las cuelgan luego, a secar, sobre cuerdas tendidas en las calles, de pared a pared.

Tapiceros, ferreteros, caldereros... todos hay que visitarlos, pero es imprescindible ver las tenerías, donde se curte y se baña el cuero en tinturas extraídas de sustancias naturales, a pesar del desagradable hedor que nos asaltará, proveniente de las tinas, sobre las que se vierten aceites combinados con excrementos de palomas, para que las pieles ganen dureza y resistencia. Presenciar la labor de estos operarios, en las tenerías, incita el deseo de vomitar por la insufrible fetidez que brota de las pozas, las qasriyya, pero la multitud de colores de los pilones evoca un inmenso y abigarrado muestrario de acuarelas.

Quizá la solución para compensar la agresión olfativa sea acudir por la tarde a un baño, el hammam, porque las mañanas están reservados a las mujeres. Una nota más de la cultura mediterránea, ya que el baño es una herencia romana, los thermae, incluso en la disposición de sus salas, idéntica a la de los antiguos: el frigidarium, la sala fría; el tepidarium, la tibia; el caldarium, la caliente, y el apodyterium, los vestuarios.

El hammam no se limita a ser un recinto para el aseo, aunque su objetivo primero sea la higiene personal; es un lugar social, de encuentro, de charla, que contribuye a crear lazos afectivos en el terreno de lo amistoso y de lo familiar por medio del contacto físico, algo que hemos perdido en Europa. El padre baña al hijo y el hijo al padre; el amigo enjabona y frota la espalda del amigo, y éste, en reciprocidad, le devuelve el servicio. Después de la relajación, fruto de un tonificador baño, seguido del minucioso y reparador masaje con aceites, ¿qué otra cosa puede superar a una sabrosa conversación, mientras se paladea un té verde a la menta y se inhalan balsámicas fragancias de plantas aromáticas?

Fez sabe de placeres, como lo demuestra el refinamiento de su cocina, por cuya gastronomía, el país entero, es famoso en el mundo. La cantidad de platos de entrada solamente es comparable a su calidad. El contraste de sabores es la clave, porque nuestras papilas se deleitarán detectando los tipos básicos de sabor que, delicadamente, destacan en cada entremés. Luego viene la sopa harira o la chorba, antes del cuscús o del pescado, si no nos hemos decidido por el cordero asado en horno de leña. La lista es larga, pero baste decir que tras cualquiera de los que elijamos, comparecerá el recreo de la miel sobre los pastelillos, casi macerados en ella; el galanteo de las almendras o aquellos de nombre tan seductor como cuernos de gacela.

La duda de si viajamos o peregrinamos, que, sumergidos en la población, surge conforme nos sentimos parte de ella, no debe hurtarnos el pensamiento ni el espíritu, acaso menoscabados por los sentidos. Todo ha de estar alerta en este bosque de egregios alminares de mezquitas, desde donde el muecín llama a la oración. Alminar significa “el lugar de la luz”, y a ella indirectamente invoca, la que el creyente debe alcanzar en su corazón, abandonado en Dios. El muecín, en lo más alto de la torre, canta -que es una forma de apelar- al cielo, para que acuda el hombre, su criatura terrena, y se cierre ese círculo paradójico que anhela la vuelta a la Unidad. Estos venerables minaretes, que se alzan verticales, paralelos, y confluyen en el firmamento, esbeltos como obeliscos, parecieran, o se intuyen, sensibles filamentos conductores de la luz de la sabiduría, absorbida por ellos del pasado, de la historia, del cielo y hasta del viento del mar y del desierto.

De tales premisas ¿no habría de ser al-Qarawiyin su materializada conclusión? En esta gran mezquita convergen, como sucedió en la de Córdoba, devoción y cultura; sólo que, como universidad, es la más antigua de occidente. De todo occidente. Está flanqueada por cuatro madrazas que aparentan escoltarla: Cherratin, Seffarin, Misbahiya y al-Attarin. No podemos cruzar ninguna de las 16 puertas de entrada, porque no se autoriza la visita a los no musulmanes, pero sabemos que cuenta con 270 columnas y que tiene cabida para 22.000 fieles. Unos dicen que se construyó en el 857 y otros en el 859; no obstante, sobre lo que no hay vacilación es de que se hizo a expensas de la qairuaní Fátima al-Fihri.

La mezquita ha sido ampliada y restaurada por varios sultanes a lo largo de su dilatada existencia, para adecuarse a las necesidades que se han ido generando, como edificio en el que concurren oratorio y universidad. Su biblioteca supera los 30.000 volúmenes, de los que un tercio son manuscritos muy antiguos. Frente a una de las puertas de al-Qarawiyin, Bab Chammain, Abu Inan levantó una torre consagrada al estudio de las estrellas, un observatorio astronómico, separada de la universidad aunque complementaria a ella, desde la que también se daba la alarma si se declaraba un incendio. Ahora está cerrada, pero está previsto que se convierta en un museo, el de los astrolabios.

Madrazas, alminares, mezquitas, baños, mercados... es irremediable, por fortuna, que resuenen ecos de Córdoba y Granada, de Estambul, Bagdad o Samarcanda. Sin embargo, esta ciudad que plasma en estuco y cedro las ansias de hermosura de los habitantes, súbditos de su belleza, es tan singular que está investida de aura, que exuda un prodigioso vapor que la preserva y la atesora. Una ciudad donde, desde los angostos espacios de sus callejas -la telaraña-, el tiempo lo marca una clepsidra. No importa que, arruinada, desapareciera. Las pulsaciones de esta telaraña se adaptaron a perpetuidad a su cadencioso ritmo, el de la frescura del agua. Una ciudad de la que los tunecinos, con razón, dijeron: "Allah conceda el paraíso a los fesíes, y a nosotros Fez".


[1] Porres Martín-Cleto, Julio. “Historia de Tulaytula”, Editorial Ledoria, 2004.

martes, 7 de julio de 2009

La Alhambra, estática nave del esplendor


Por José Manuel García Marín
    Hay actos que no requieren una previa disposición de nuestra parte; menos de los que pensamos, sin duda, pero aceptaremos que no se necesita una actitud especial para entrar -pongamos por caso- en una galería comercial, un estadio o en un super-mercado. Sin embargo, incurriríamos en un grave desacierto, si adoptáramos la misma conducta, al visitar aquellas obras que el hombre ha erigido como monumentos a lo más venerable de sí mismo, a lo sagrado.
    Es cierto que es difícil escapar a la influencia del apresuramiento en que vivi-mos, pero merece el esfuerzo evitarlo, porque la vorágine de premura constriñe nuestra mirada a un mero examen, un sencillo ojear, e impide toda contemplación. ¿Podemos adentrarnos en ese Arca de Noé de la Historia, que es la Alhambra, con tal ligereza? ¿Es admisible subir a bordo de esa nave que tiene un bosque por mascarón de proa, dedicán-dole uno sólo de los sentidos?
    La ausencia de ceremonia, aquí, trivializa el alcance de sus finalidades y se torna irrespetuosa, insolente. Claro que, transgredir la norma, lleva implícito el castigo: no escucharemos su latido, ni sus ritmos, ni percibiremos sus armonías. Debemos ajustarnos, primero, a lo cronológico y comenzar por la fortaleza, que no es más que eso, pero que muestra orgullo de adarves, de almenas y de alturas que proclaman, desde la Torre de la Vela, el dominio de una urbe cuyo fuego, elemento al que pertenece esta Granada, únicamente atemperan las cumbres nevadas de la vieja Sulayr. Sin embargo, es en esta alcazaba, conforme finalizamos el paseo por el adarve de la muralla, donde -ya se sospecha aquí, acaso se presiente o se huele- tendremos el primer encuentro con el agua de fuentes y alfagras. El agua, esa estola cristalina de su femenino atalaje con que se ciñe, hermoseada de resplandores, de oscuros fulgores en las umbrías o de meteoros de plata cuando, de la luz, exige, inapelable, su feliz desposamiento. 
    Después, atravesada la Puerta del Vino, accederemos al núcleo del conjunto: los palacios. Este es el lugar donde nos desproveeremos del incómodo ropaje de las prisas, por no vulnerar la gracia de la dilación, de la serenidad, que impone el refinamiento con que fue soñada, más que proyectada; creada, más que construida, con la inaprensible delicadeza de un jirón de niebla. Por tanto, lejos de irrumpir, conviene deslizarse al primero de ellos, el Mexuar, en el que se impartía justicia, a veces, por el propio soberano. Al fondo, un oratorio con una hornacina que hace las veces de mihrab, y que marca la orientación de la quibla. Presente, entonces, la justicia divina, por encima de la del sultán. 
    El trono, en las ocasiones en que presidía el más alto rango de la realeza, se instalaba encima de las tres gradas del Patio del Cuarto Dorado, entre dos puertas y delante del muro más ornamentado de la Alhambra, para advertir de la categoría de quien, en este caso, la administraba. Dos puertas, una verdadera y otra falsa. Para confundir al enemigo, dicen; pero eso no es más que una lectura prosaica. En realidad es una metáfora de que la verdad y la quimera comparten igual sustancia, ¿o es que tan enceguecidos andamos, que no vemos corvetear, en gloriosa algazara, micras de oro en los corpúsculos del aire? Mientras, un mínimo surtidor germina, insinuando rumores de alabanza.
    De la discreta penumbra de los pasillos que, en recodos, nos conducen al segun-do palacio, el de Comares, surgimos al Patio de los Arrayanes, donde la cegadora luz hostigará sin piedad nuestras pupilas. Y es que ésta es una advertencia material -la oscuridad es a la luz, lo que la ignorancia es al Conocimiento- de que el protocolo es ineludible, porque, si lo incumplimos, se repetirá, en lo espiritual, idéntico efecto des-lumbrador en el Salón del Trono. 
    La mansedumbre de la alberca, sobre la que no se vierte el líquido de sus fuen-tes, sino que con suavidad se deposita, para no provocar ondas, acapara la atención del visitante. En el acuoso espejo se refleja la imponente torre, representativa del poder terrenal, y el cielo, imagen del divino. Una y otro concurren en el fluido recipiente, con el propósito de anunciar la alta dignidad de la estancia en que ambos poderes se reúnen, acreditando, de este singular modo, la autoridad del monarca. Luego si se trata de una cámara sagrada, como atestiguan sus medidas, de proporciones áureas, acataremos el ritual, destinando unos momentos a admirar la curiosa bóveda de barca invertida de la Sala de la Barca, antesala de compensación de opuestos, preparatoria, a fin de atravesar las tinieblas del desconocimiento hacia la luz de la sabiduría, sin que el relámpago encandilador de ésta pueda confundirnos y haga incomprensibles, para nosotros, los secretos de una cúpula cósmica. Cósmica, sí, cuajada de estrellas; pero también mística, en la que está contenida la imagen de los siete cielos, y un octavo, la cupulina, que es el trono de Dios. 
    Para quien no ve, pues sólo mira, pasarán desapercibidos -insertos en las diagonales del techo, de base cuadrangular- los cuatro árboles del paraíso musulmán, cuyas raíces se hunden en el séptimo cielo, donde se inician; el tronco atraviesa otros cinco y las copas descienden hacia el más terrenal: el primero y más próximo al espectador. 
    En toda la Alhambra, la arquitectura y el encaje labrado de sus muros son cómplices de los poetas áulicos, para mostrar su inefable legado. De esta manera, la síntesis del pensamiento, volcada a palabras, queda grabada en las paredes, si bien aquellos conceptos o abstracciones intraducibles, que trascienden la razón, judíos, musulmanes, cristianos, siempre orientales, pero con la especial capacidad andalusí de arracimarlos en sublime eclecticismo y añadirles la propia creatividad, el genio de la tierra, son expresados mediante símbolos, en su mayoría geométricos, de los que los azulejos son su principal vehículo. La multitud de variantes que se inician en estrellas de ocho puntas, constituye un auténtico alarde del dominio de los cuerpos geométricos, de los volúmenes y de las matemáticas. Desde las fajas, desafiantes, provocan ser descifrados, plasmados en un entramado sin fin, un caleidoscopio inagotable, desde el que asaltan planos en tres dimensiones, cuando se les suponía dos, no obstante unidas, las estrellas, por líneas que se entrecruzan. Tal vez infinitos los senderos. ¿O es una que las circunda a todas, mos-trando el camino de regreso a la Unidad, de donde partimos? Y es que los azulejos son un trampantojo que oculta, con la seducción de la belleza, la sabiduría, indigna de aquél que desatiende.
    Asumido el requisito de interpretarlos o, al menos, con espíritu receptivo, abordaremos el tercer palacio, el de los Leones, configurado en torno a los cuatro jardines que disfrutará el creyente, cuando se libere de la grosera materia: el Jardín del Corazón, el Jardín del Espíritu, el Jardín de la Esencia y el Jardín del Alma, bordeados por cuatro ríos, que delimitan aquellos, y que manan de las fauces de los doce leones, animales solares, de la fuente de su centro. Otra vez el fuego. De nuevo el agua. Dos elementos contrarios de los que brotan el calor y la vida. 
    En el patio observamos la exactitud, la racionalidad, la perfecta ordenación de las columnas; hasta que, de repente, descubrimos que estamos, quizá, en trance hipnótico, y que éstas forman una falsa simetría, que el espacio es menor de lo que juzgamos a simple vista, como si se dilatara y contrajera a voluntad; que, acaso, las masas no necesiten ser sustentadas. Incluso, es posible, que los fustes sean marfileños, más que marmóreos. Nada es lo que parece. La especulación de las sensaciones, los vislumbres de universos infinitos en la Sala de los Abencerrajes, el éter derramándose en la Sala de los Reyes, la música de las esferas en la de las Dos Hermanas, el Mirador de Lindaraja, que propicia el desvarío de las pupilas. Todo, en fin, en este ilusorio lugar, provoca la locura, el delirio, la enajenación, el desconcierto de nuestras convicciones, el estallido de las certidumbres. Sólo puede librarnos del caos la salvadora brújula, el compás orientador de la Fuente de los Leones, que señala los puntos cardinales de nuestro interior. Pero ¿y ese júbilo que nos inunda? 

        «Jardín soy yo que la hermosura adorna;
        sabrás mi ser si mi hermosura miras...»

    Es hora cumplida de saborear, ensimismados, el frescor de los surtidores del Generalife en el Patio de la Acequia, acudir al encuentro de las deliciosas alfombras de arabescos de los arriates previos al Patio de la Sultana, escuchar el alborozo del agua, en los múltiples caños de los jardines altos, y subir por la iniciática Escalera del Agua, atentos a su eterna sinfonía.
    Nada nos resta, tras el Paseo de las Adelfas, más que salir en silencio. El silencio a que nos obliga la dulce embriaguez de las oscilaciones originadas por el transcurrir de olas de siglos, porque ¿qué hace un barco varado en lo más alto de la ciudad, sino navegar sobre piélagos de tiempo?